DLA Columnas | 29/06/2017 | 1:00 am
La muerte del Dr. José Gregorio Hernández

Por: Francisco González Cruz

Era domingo aquel 29 de junio de 1919 día de San Pedro y San Pablo. José Gregorio Hernández se levantó temprano y contento, se fue a misa, comulgó, visitó algunos enfermos y a las siete y treinta ya estaba en su casa desayunando pan con mantequilla, queso y guarapo de panela servido por su hermana María Isolina del Carmen. Estaba feliz porque se acababa de enterar de la firma del Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial, así mismo cumplía 31 años de haberse graduado como médico, el día antes – sábado – había dado clase en la Universidad. En su consultorio atendió algunos enfermos, visitó el Asilo de Huérfanos de la Divina Providencia y a los enfermos del hospital Vargas. A las doce del mediodía, al toque del Ángelus, rezó “El Ángel del Señor anunció a María…”y regresó para almorzar sopa, frijoles, arroz y carne.

En el reposo un amigo fue a saludarlo por el aniversario de su graduación y al verlo tan contento le preguntó  las razones.

“- ¡Cómo no voy a estar contento! -Respondió Hernández-“¡Se ha firmado el Tratado de Paz! ¡El mundo en paz! ¿Tiene usted idea de lo que esto significa para mí? Entonces el médico acercándose le dijo en voz baja: “- Voy a confesarle algo: Yo ofrecí mi vida en holocausto por la paz del mundo… Ésta ya se dio, así que ahora solo falta…”

A las dos de la tarde solicitan su atención para una vecina de escasos recursos. Toma su sombrero, sale raudo a la botica cercana a que le preparan las medicinas que sabe requiere la anciana y al salir lo golpea un carro que lo lanza al borde de la acera.  “- Ni él pudo ver el carro, ni yo lo pude ver a él - relataría 30 años después Fernando Bustamante al entonces joven reportero Oscar Yanes”. “Traumatismo de cráneo en región parietal izquierda con fatal irradiación hacia la base” dice el parte del  Dr. Luis Razetti.

Una conmoción inmediata sacude a la ciudad y luego al país entero. Lo velan en el paraninfo de la Universidad Central y una multitud le rinde su admiración y cariño. Leamos algunos testimonios:

Dr. David Lobo, Presidente de la Academia Nacional de Medicina: ¿Dónde hubo dolor que no aliviara? ¿Dónde penas que no socorriera? ¿Dónde flaquezas que no perdonara? En su pecho generoso, no germinaron nunca el odio ni el rencor…”

El Dr. Luis Razetti, su colega pero no creyente,  expresó ante la tumba: “Cuando Hernández muere no deja tras de sí ni una sola mancha, ni siquiera una sombra, en el armiño eucarístico de su obra, que fue excelsa, fecunda, honorable y patriótica, toda llena del más puro candor y de la inquebrantable fe”. “...31 años consagrados a la práctica del bien bajo las dos más hermosas formas de la caridad: derramar luz desde la cátedra de la enseñanza, y llevar al lecho del enfermo, junto con el lenitivo del dolor, el consuelo de la esperanza...”

El Dr. Rómulo Gallegos: Lágrimas de amor y gratitud,  angustioso temblor de corazones quebrantados por el golpe absurdo y brutal que tronchara una preciosa existencia, dolor estupor, todo esto formó en torno al féretro del Dr. Hernández el más hermoso homenaje que un pueblo puede hacer a sus grandes hombres”… “No era un muerto a quien se llevaban a enterrar; era un ideal humano que pasaba en triunfo, electrizándonos los corazones. Puede asegurarse que en el pos del féretro del Dr. José Gregorio Hernández todos  experimentamos el deseo de ser buenos”.

Había nacido 54 años antes en el seno de una familia modesta, en el pueblo de Isnotú, estado Trujillo. Hoy debe servirnos de ejemplo luminoso para la Venezuela posible.

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