DLA Columnas | 23/03/2017 | 11:01 pm
Ciudad y ciudadanía

Por: Francisco González Cruz

En estos tiempos en que nuestras ciudades viven una severa crisis, se pone a prueba la condición de ciudadanía, que es “una cualidad o actitud individual y también del grupo. Es también un proceso colectivo que tiene su propio dinamismo impuesto por las circunstancias locales” y se demuestra o pone de manifiesto en la cotidianidad. Lo normal es un acuerdo tácito entre todos para la vida armónica, el respeto a las normas de convivencia y a la vida civilizada.

Las normas pueden estar escritas o no, eso no es lo fundamental. Lo sustantivo es el comportamiento conforme al hecho que vivimos en una aglomeración, juntos, con cientos de personas diversas, que circulan a pie o en vehículos, que trabajan y consumen, que reciben o prestan servicios, que generan ruido y desperdicios, que tienen necesidades que satisfacer y la ciudad debe ofrecer los satisfactores adecuados.

Cuando ese comportamiento ciudadano se trastoca, se viola y no importa, la ciudad se hace insoportable, la gente está molesta y todo se deteriora. Y eso pasa en nuestras ciudades, en particular en Valera, que ha puesto a prueba su calidad ciudadana y estamos saliendo aplazados.

Es este desastre que es la basura, hay casas y edificios, barrios y urbanizaciones que dan ejemplo; también los hay que ofrecen el lamentable espectáculo deprimente del déficit de ciudadanía. Ante la calamidad de los semáforos hay conductores que abusan de la manera más descarada, mientras los menos tratan con prudencia de salvar la situación. Motorizados hay muchos que manejan bien, pero son también bastantes los que abusan y no respetan ni aceras, flechas, semáforos ni a la gente.

Lo malo de toda esta lamentable situación es que las malas costumbres se extienden como la mala hierba, y cuando una ciudad descuida el control ciudadano, los habitantes abandonan las normas de convivencia y la ciudad aplaza por razones de la crisis su cuidado, los resultados son estos que vivimos en Valera, una ciudad que sorprende a propios y extraños por la magnitud de su abandono.

El plan “Yo amo a Valera” se agradece en medio de la orfandad de la ciudad, pero al ser unilateral de una instancia gubernamental superior que no tiene esas competencias de gestión urbana, viola los principios de subsidiariedad y de cooperación entre los poderes establecidos en la Constitución. Aparte de las violaciones al ordenamiento urbanístico, los debidos procedimientos y hasta –para mi gusto– elementales razones estéticas.

Todos los que vivimos en estas ciudades en crisis, como Valera, deberíamos como nunca adoptar los mejores comportamientos ciudadanos. Ello ayudaría un poco a la mejor convivencia, a convencernos a nosotros mismos de la esperanza en una mejor ciudad y que los ciudadanos debemos mejorar –mucho– nuestra capacidad de elegir.

 

 

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