DLA Columnas | 24/03/2017 | 1:00 am
Superar la cultura rentista

Por: Antonio Pérez Esclarín

 

El Gobierno pontifica una y otra vez sobre la necesidad de producir, pero parece no entender que el paso del rentismo a la productividad supone un profundo cambio cultural, que no va a ser nada fácil porque se ha enquistado en la conciencia del venezolano la cultura petrolera, que nos ha llevado a creer que somos un país inmensamente rico y que tenemos derecho a gozar de bienes y servicios   sin poner como contraparte el trabajo responsable,  la honestidad, el esfuerzo  y el conocimiento. Cuánta falta nos hace  tomar en cuenta el clamor desgarrado de Simón Rodríguez: “Yo no pido que me den, sino que me ocupen, que me den trabajo. Si estuviera enfermo, pediría ayuda. Sano y fuerte, debo trabajar. Sólo permitiré que me carguen a hombros, cuando me lleven a enterrar”.

Alucinado por los altos precios del petróleo y convencido de que, sobre ellos, le iba a ser posible construir un nuevo mundo y llevar a cabo una revolución redentora,  el chavismo se dedicó a repartir, en vez de producir, a fabricar clientes en vez de ciudadanos, personas que usaban la  mano para pedir y aplaudir  y no para trabajar.   Empresarios eficientes y productivos fueron considerados enemigos y se empezaron  a expropiar o estatizar  empresas;   y a importar, regalar y subsidiar productos porque teníamos derecho a ello ya que  “el petróleo ahora era nuestro”. No importaba  que,  para pagar la deuda social,  destruyéramos la economía y al país, con lo que la deuda se haría impagable.    Cuando bajaron los precios del petróleo, pusieron a  producir billetes sin respaldo con lo que se disparó vertiginosamente la inflación. Y cuando los dólares no fueron suficientes para importar comida, medicinas y productos  como antes, se agudizó la escasez, el hambre y el  bachaqueo  que representa el neoliberalismo más salvaje,  es decir  la ley de la oferta y la demanda sin la menor ética y sin controles.

Del sueño petrolero y del populismo desenfrenado, empezamos a despertar  descubriéndonos no sólo pobres, sino arruinados y comenzamos a entender que la verdadera riqueza está en el trabajo, y que está agotada, espero para siempre, esa forma de entender la política como acceso al botín y como distribución populista de los bienes,  y que nos toca entre todos, reconciliados, hermanados y desideologizados,  construir una Venezuela moderna y genuinamente democrática a base de trabajo, respeto, eficiencia y solidaridad.

Yo, por esto y a pesar de todo, soy muy optimista respecto al futuro de Venezuela, hoy un país muy pobre, pero potencialmente riquísimo. Está muriendo una forma de entendernos y de entender la política que se ha mostrado  profundamente incapaz de traer bienestar y dignidad a las mayorías de nuestro pueblo. Y está naciendo la posibilidad de empezar a construir una auténtica democracia, entendida como una sociedad de ciudadanos honestos, trabajadores y respetuosos de los demás y de las leyes.  De la  crisis y  el empobrecimiento generalizado, deberíamos haber aprendido la lección de que el populismo y el mesianismo sólo traen a la larga  problemas y miseria.  Los políticos a su vez, deben comprender que no son tiempos para aspiraciones individualistas o para repartirse cuotas de poder, sino que son para poner a Venezuela sobre los intereses particulares.

 

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