DLA Columnas | 21/03/2017 | 1:00 am
La felicidad venezolana

Por: Camilo Perdomo

<La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos>

Marco Aurelio.

Cuando desde las ciencias humanas nombramos felicidad, los investigadores hacemos referencia a las morales materiales o concretas, es decir aquellas que nos conducen al supremo bien y que los filósofos denominan Eudemonismo. Fue en el Liceo de Aristóteles donde esta idea cobró cuerpo como virtud y sabiduría. Según Aristóteles, las mejores actividades son identificables con la felicidad y solamente tendría sentido hablar de ella cuando las acciones generan bienes que nos hacen felices. En la Modernidad se produjo una visión distinta a la de los antiguos y es el buen uso de la razón el lugar de la felicidad dentro de una ética global para el bien común, por eso se habló de progreso y en ello estaría jugando un rol importante la ciencia y la tecnología. No es que la palabra felicidad sea un bien en sí mismo, sino que cuando las personas conocen el bien, lo correcto y lo justo y los bienes que producen felicidad, terminan sintiendo satisfacción y entienden su utilidad. En sociedades en crisis de existencia feliz como Venezuela abundan nociones de la felicidad con un sentido extraterrestre y al lado de fanatismos religiosos que colocan la existencia fuera de este mundo, coinciden en ello usureros de la angustia: brujos, sacerdotes, lectores de cartas, adivinos, terapeutas del sueño, portadores de discursos cargados de humo y efervescentes como el de los políticos populistas. Nuestro aparato escolar como lugar donde debería enseñarse las claves de la felicidad: lo correcto, lo justo, lo autónomo, lo libre y morales del bien común fracasó en esa tarea. Esto explica que usted esté durmiendo para el siguiente día asistir a su trabajo descansado y con plena energía y sin embargo, tenga que admitir con impotencia que su vecino se lo impidió cuando colocó el aparato de sonido a plenos decibeles, gritó e hizo lo posible para que supieran que estaba feliz porque cumplía años e invitó a sus amigos, es decir a compartir lo que entiende por su felicidad. Explica que en esta desagradable práctica no quedan por fuera instituciones, como el llamado Casino Militar en Trujillo donde no importa cuándo felicidad, ruido pasando por música y desprecio por los vecinos allí coinciden en tan desagradable tarea. Explica que usted tenga hoy que hacer colas para conseguir la comida y a su vez escuchar a funcionarios hablar de felicidad dentro de esa pesadilla de las carencias. Explica que en cualquier lugar oiga esta resignación suicida: <¿Qué le vamos a hacer, cómo se hace?; así somos y ahora nos tocó a nosotros, cosas de Dios>. Explicaciones transitorias hay: la política, el Sr. Maduro, el legado del Sr. Chávez, la cuarta República, los gobiernos ladrones, la maldad de los empresarios, el sin escrúpulo de los comerciantes, el Tirano Aguirre, Colón, Bolívar, la mala distribución de la riqueza, la pobreza. En fin, de todo aquello que se le ocurra a alguien y todo ello puede ser cierto o insuficiente. Yo digo que es un asunto de ética y de un aparato cultural-escolar decadente y vaciado de contenidos sobre lo correcto desde la educación inicial hasta la universidad. No por azar de cada 10 corruptos e incapaces para gobernar en Venezuela 6 tienen título universitario. Desengañémonos, la ética para bien o para mal no se asimila con un discurso matemático, aun cuando B. de Spinoza hizo el intento. En el discurso matemático lo correcto tiene sus soluciones apegadas a reglas únicas, las ecuaciones, en la ética hay distintas soluciones pero todas buscando bondad, equilibrio, justicia. Si esto no se observa en políticas públicas el asunto no es de personas ni proyectos personales, sino de modelos de acción. No haber comprendido esto llevó a los alemanes con Hitler a la cabeza a un desastre y genocidio conocido. Si usted no tiene condiciones para vivir en armonía y justicia, la felicidad es una palabra pornográfica. Saque sus conclusiones.

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